Me llamo Amador Violante, tengo 45 años y escribo este relato desde la cárcel de una ciudad cualquiera. Quiero que todos sepan, que aunque reconozco que soy un violador coercitivo, nunca jamás he hecho daño físico a las mujeres que he violado; procuré ser con todas mis violadas un caballero. Y también quiero que sepáis, que hay muchas formas de violar: a lo bestia, es decir, sin ningún tipo de miramientos hacia tus víctimas, a empujones, ¡Bueno! Los empujones no hay más remedio que darlos, ¿me comprenden, verdad?; o con delicadeza y casi pidiéndoles por favor que se dejen violar; como un servidor viola.
Desde muy niño sentí deseos irrefrenables de tomar el sexo por mi santa voluntad; ya que era bastante feo y enano, y las chicas no me hacían ni caso. Y como entonces no estaba formado como violador, violaba a sus muñecas para entrenarme, y así poco a poco, de muñeca en muñeca, fue adquiriendo la práctica necesaria.
Pero surgió un problema inesperado en mi primera violación. Tenía los 18 años ya cumplidos, y como no quería ser un violador menor de edad, quería ser responsable de mis actos con el fin de quitar responsabilidades a mis padres, me esperé a ser mayor de edad, para dar rienda suelta a mis instintos. El problema que se me presentó y que nunca pude prever, es que aquella cuarentona... ¡Ah! Debo también decir, que no violaba a mujeres menores de 40 años. ¡No sé porqué! Pero es que más jóvenes no me producían el deseo de violarlas. Según el psiquiatra, dice que es debido a que tengo un complejo de “buen tipo” o de “edipo”... algo parecido.
...Decía, que aquella cuarentona, una vez que la convencí de buenas maneras que la iba a violar en aquel parque solitario, al consumar la violación, me vino un pestazo de entre sus partes que me echó para atrás. La pobre, al darse cuenta de mi rechazo, casi se enfada, y me dijo, que cuando se pone nerviosa suda mucho, que no lo puede remediar, y que a pesar de todos los desodorantes íntimos que usaban, su Ph era mas fuerte que todos. Le dije un tanto decepcionado, porque la tía estaba muy buena.
-¡Ande, súbase las bragas, y vaya corriendo al bidé!
Durante un tiempo se me quitaron las ganas de violar. Es que uno es bastante asqueroso para eso de los olores corporales, ¡qué quieren que yo le haga! Y ante el temor de repetir la escena, me reprimía las ganas.
Pero no podía más, era superior a mis fuerzas. Hasta que un día... ¡Albricias! di con la solución a mi problema. Como era fontanero, inventé un artilugio de plástico desmontable que una vez recogido abultaba muy poco; pero una ves montado, era un bidé.
Cuando salía a violar, siempre lo llevaba debajo del brazo, con su botellita de agua de rosas y un tubito de vaginesil; nunca se sabe como va tener “el potorro” la violada de turno. Ya he dicho y vuelvo a repetir, que soy un violador pacífico, y si puedo, no uso la navaja para intimidar, intento convencerlas de que las voy a forzar por las buenas; como hace la vicepresidenta del gobierno, señora de la Vega: convencer, no aplicar las leyes, porque las leyes, queramos o no, son una forma de violación a los ciudadanos.
¡Oigan! No vean que resultado más espectacular... A todas mis violadas las pedía por favor, que antes de violarlas se lavaran el “chichi” con el agua de rosas... ¡Anda que no se nota la diferencia! violar con el chumino recién lavado, que exponerte a violar un chocho, que ¡vaya usted a saber donde ha estado en las últimas horas!
Me hice famoso como “el violador del bidé”, y todas las revistas y programas del corazón hablaban de mi, ¡y por cierto, muy bien! Más de una de “mis violadas” alababa mis formas, y declaró, que no le importaría que la violara otra vez.
Pero un día.. ¡joder que mala suerte! Al ir a montar el bidé para violar a una señora que me había llamado por teléfono para que la violara.. Es que resulta, que a todas las dejaba un teléfono de contacto por si tenían alguna amiga con ganas de que la violaran, ya que me consta que a más de una le excita la idea...
... Cuando tenía las dos manos ocupadas para desplegar el bidé, sacó una pistola y me detuvo. Resulta que era la inspectora jefe de la comisaría del distrito ese.
Estoy en la cárcel, y como me he hecho amiguete del señor Paco, director del penal, y por recomendación de mi psiquiatra para que no caiga en una terrible depresión, todos los sábados y domingos, me deja que viole a una muñeca hinchable que me han regalado mis admiradoras. Pero sin bidé, ya que me lo han confiscado como prueba pericial. Además si a la muñeca se lo lavo, se lo desgasto, y tampoco es eso.